Rethinking Feminist Discourse on FGC

Contributor Charlotte-Kissick Jones is a second year studying English and is one of The Clandestine’s Current Events Reporters.

Translator Isa Betoret García is a second year War Studies and History student who is particularly interested in how feminism affects every day life and believes that open conversation and compassion are the best ways to change the world.

[Featured Image: Azza Soliman, lawyer, women’s rights advocate and co-founder of the Centre for Egyptian Women’s Legal Assistance, speaks during a conference on International Day of Zero Tolerance for Female Genital Mutilation (FGM) in Cairo, Feb. 6, 2018]

It is estimated by the World Health Organization that more than 200 million women worldwide are affected by ‘Female Genital Circumcision’ (FGC). In 2011 the practise became illegal in Kenya, yet the laws made in capitals often have little effect on culture in the countryside, where custom is deeply ingrained, and men’s power is virtually absolute. The process of removing female genitals that are considered unclean and unfeminine only proves the subordinate nature of FGC. However, there still remains a clear conflict between feminist and cultural relativist discourses.

Western feminists’ campaigns to place FGC on the international human rights agenda fundamentally challenge the separation of private and public spheres. This brings to question the legitimacy of international human rights law in non-Western context, and whether international human rights systems should promote cross-cultural engagement in order to eradicate the practise of FGC. Cultural relativism is the understanding of the values and practices belonging to a culture on its own terms rather than against the criteria of another culture. This offers an oppositional idea to that of feminist campaigners who believe that culture shouldn’t be used to masquerade masculine governance. Instead, through this dialogue, the judgement to abolish FGC is seen to be the decision of women who themselves have undergone FGC. The opposition to FGC by Western countries has been critiqued through a post-colonial lens as an attempt to control tradition and custom from a position of supposed superiority. The British colonial project that prevented Hindu women from the practice of sati offers an example of women betraying their culture due to imperial actions. Similarly, the image of Islamic women’s veiling has often been associated to masculine control and seen to justify colonial rescuing.

The position of second wave feminists opposing the practice of FGC due to it being an ‘evil and immoral’ procedure provides evidence for the relevance of ‘self’ and ‘other’. The failure to view the African women from the sense of self through their eyes, and instead being consumed with banning the practice was seen as another example of the colonization of African society by the 1983 United Nations Decade for Women conference. The process is now commonly referred to as ‘Female Genital Mutilation’, the use of the term ‘mutation’ can be observed to disrespect those who have undergone the procedure and form an association to abuse. Similarly, equating the practice to barbarism can be seen as a disregard for the cultural roots. Only through this discussion can feminist discourse be re-evaluated to ensure that actions from Western countries are not viewed to embody colonial rescuing.

Feminist discourse is based on the premise that knowledge about women can be used to improve the lives and situations of women in society, an important international principle. Article 25 of the Universal Declaration of Human Rights states that ‘everyone has the right to standard of living adequate for health and well-being’ and ‘the right to equal protection’, thus supporting that FGC violates fundamental human rights. Reactionary feminist discourse has regarded both gender-based politics and the conflict between cultural relativism and universalism. The outcome of this is the regard that FGC falls outside of the domain of culture, and equally that ‘culture’ itself is a vulnerable patriarchal construction, enhancing its prominence within international law. The roles that women play within the practice of FGC is ultimately the outcome of unconscious patriarchal domination. Despite the cultural tradition being the vital element within FGM, ultimately no religion or culture can justify such an inhumane procedure. Through the re-evaluation of feminist discourse by the challenging stance of cultural relativist, the work of Western countries to reduce FGC can be regarded to be less of an action of superiority; instead it is rightly viewed as the protection of vital human rights.


Reconsiderando el Diálogo Feminista sobre MGF

La organización mundial de la Salud (OMS) estima que más de 200 millones de mujeres  en el mundo se ven afectadas por ablación genital femenina, también conocida como mutilación genital femenina (MFG).  La tradición se volvió ilegal en Kenia en 2011, sin embargo en las provincias lejos de la capital las leyes tienen poco efecto sobre la cultura patriarcal. El proceso de ablación del clítoris, que se considera sucio y poco femeninos, muestra la subordinación de la mutilación genital femenina ante otros factores. Existe un claro conflicto entre el diálogo feminista y los relativistas culturales.

Feministas occidentales han intentado colocar la MGF en la agenda internacional. Esto desafía la idea de las esferas separadas, o dicotomía de lo privado y público, entre hombres y mujeres. Tenemos que preguntar que tan legítimas son las leyes de derechos humanos en el mundo no-occidental, y si las organizaciones internacionales deberían promover un intercambio cultural para eliminar la práctica de MGF. El relativismo cultural es la práctica que evalúa las creencias, valores, y prácticas de un grupo bajo los parámetros de su propia cultura.  Esta idea se opone a ciertos grupos feministas que sostienen que la cultura de otro país o grupo no se debería utilizar para  justificar estructuras patriarcales. El relativismo cultural nos permite evaluar la abolición de la MGF como un juicio y acción de las mujeres que han sido victimas de ella. La oposición de la MGF  por parte de los países de occidente ha sido criticada a través de una perspectiva post-colonial como un intento de controlar las tradiciones de otros grupos gracias a su supuesta superioridad. Existen ejemplos de estas acciones, por ejemplo la prohibición de las mujeres en India de practicar el ‘satí’ (el ritual en el cual una mujer se inmola en la pila funeraria de su recién fallecido marido) por parte del Imperio Británico. De manera similar, el velo utilizado por mujeres musulmanas se ha asociado con el control masculino y justifica el “rescatar” a estas mujeres con valores occidentales.

Las feministas de la segunda ola se oponen a la MGF ya que la consideran “mala e inmoral”. Esto evidencia la importancia de considerar la importancia de “uno mismo” y de “el otro” o la otredad en este diálogo.  Los grupos que se enfocan únicamente en la prohibición de la ablación del clítoris no tienen a considerar el punto de vista de las mujeres africanas, y ven a sus culturas como un “otro”. En la conferencia de la Década de la Mujer en la ONU en 1983 fueron acusados de intentar colonizar a la sociedad Africana (culturalmente) de nuevo. La ablación de clítoris se es comúnmente llamada mutilación genital femenina, lo cual conlleva claras connotaciones negativas. Muchos opinan que el termino ‘mutilación’ falta al respeto a aquellos que han sido sometidos al procedimiento y pueden ser victimas de abuso. De mismo modo, equiparar la práctica con la barbarie conlleva un desprecio por raíces culturales. Esta discusión en importante para redefinir el discurso feminista, y evitar que los intentos de abolir la MGF se critiquen por ser parte de un proyecto colonial o parte de la superioridad de occidente.

El diálogo feminista propone que el conocimiento debe ser utilizado para mejorar la vida y la situación de mujeres en todo el mundo. Este principio forma parte de un proyecto internacional. El Artículo 25 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos asegura el derecho de todas las personas “a un nivel de vida adecuado que le asegure, así como a su familia, la salud y el bienestar” y el derecho de “igualad de protección”. Esto apoya la noción de que la ablación de clítoris viola los derechos humanos. El discurso feminista reaccionario considera la política de género y el conflicto del internacionalismo y el relativismo cultural. En este discurso, la mutilación genital femenina se encuentra fuera del dominio de la cultura, y se considera que el término “cultura” es una construcción patriarcal, lo cual es el motivo de su prominencia en las leyes internacionales. El rol de las mujeres en el discurso sobre la MGF es el resultado de un dominio patriarcal del que no estamos consientes. La importancia cultural de la ablación de clítoris no es relevante, pues ninguna religión o cultura debería justificar una práctica cruel e inhumana. Debemos reconsiderar el diálogo feminista para criticar el relativismo cultural con base en los derechos humanos y no en la supuesta superioridad de occidente para poder abolir la práctica de la mutilación genital femenina.

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